Peter Pan
K. O. Noctis
Fui un niño más entre los que vieron Peter Pan. Si tienen tiempo, véanla; es una obra cuyo significado cobra fuerza con el tiempo. Cuando la vi, no entendía cuál era el punto en no querer crecer. “La adultez es libertad”, pensaba, anhelando ese horizonte donde las decisiones serían propias y las horas, infinitas para la aventura.
Llegado a mis veinte, sintiendo que los años me alcanzan como una inevitable tempestad, desearía volver a ser niño. Que otro se encargue de las cosas. Que alguien más ponga la cara. Que me consuelen a mí, en lugar de ser yo quien consuele a los más jóvenes. Es acá donde noté, tan claro como el agua, que fue escrita por un adulto con grandes dosis de nostalgia.
De niño, todo era fácil. Tenía tiempo para llorar. Podía expresar libremente lo que me pasaba sin sentir que sería juzgado. Caer, llorar, hacer un berrinche… todo me estaba permitido. Ahora, con los años encima, siento que no soy capaz. ¿Cómo permitirme ser vulnerable? ¿Cómo mostrar algún sentimiento? ¿Cómo dejar que me vean llorar?
¿Alguna vez se cayeron en la calle? ¿Cuánto tardaron en levantarse, fingiendo que nada pasó, aunque sintieran miradas curiosas? Esa reacción automática, esa necesidad de ocultar el tropiezo, el dolor, la vergüenza… parece ser una lección no escrita de la adultez.
La obsesión por la compostura es tan palpable que no puedo evitar fijarme en los demás. ¿No se cansan de aparentar inmutabilidad eterna? ¿O es que hacen eso hasta que lo creen y, por consecuencia, también el resto? ¿Qué hacen cuando la vida, las preocupaciones y el cansancio los consumen? ¿O es que no lo hacen, que han alcanzado el tan ansiado blindaje?
A veces los observo y me pregunto si son como personajes de un videojuego, siguiendo una rutina, ejecutando acciones programadas sin una vida interior que ose asomar. Tal vez cada uno tenga su propio universo de pensamientos y emociones… pero ¿de qué sirve si vive opacado por la fachada?
La sociedad me consideraría un adulto joven, y quizás lo más desconcertante es esa etiqueta y lo que implica. No es que me sienta un niño, ni que el hecho de no estar completamente “consumido” sea lo peor en sí mismo. Es el estado de limbo: la vida aún no ha descargado todo su peso sobre mí. La adultez no me aplastó del todo. Solo lleva una parte, y es esa parcialidad la que me sitúa en esta extraña posición.
Me siento como un piano desafinado. No estoy “hecho” del todo, pero ya no soy el niño que podía permitirse cualquier cosa. A veces parece que la vulnerabilidad es parte de mí, una piel que no puedo quitarme, una característica intrseca que se niega a desaparecer por mucho que intente ocultarla. Si lo enseñan, díganme dónde dan esas clases de inmutabilidad emocional, porque claramente me salteé esa lección tan importante.
Me gusta pensar que la mayoría es consciente de esto. Que no soy el único en sentir el peso de esta actuación, en ver las grietas en la fachada propia y ajena. Quizás soy el único adulto joven con suficiente tiempo libre, o la suficiente incapacidad para disimular, como para sentarse e intentar plasmarlo.
Esto, claro, siempre y cuando se pueda considerar que lo que digo es cierto, una observación válida sobre la condición humana adulta, y no un simple arranque de inmadurez bien redactado. Un último berrinche antes de que la tempestad me consuma por completo y me convierta, a mí también, en un personaje más.
Ahora: si “hay en el cielo una luz, guía de nuestro ser”, si todavía podemos permitirnos creer en algo más allá de la rutina y la apariencia, actuar sin miedo al juicio, demostrar que todavía sentimos cosas… he de admitir que, en mis peores noches, cuando el anhelo reemplaza a la razón, aún duermo con la ventana abierta.