El Castigo de Sísifo
K. O. Noctis
Me encontraba en uno de los tantos bares que hay por Olavarría, ubicado en algún rincón de la calle Independencia. Entre luces tenues, un murmullo de voces y el suave ritmo del nu jazz que amenizaba la velada, se respiraba un ambiente propicio para la introspección; aunque, en mi caso, se trataba más bien de un intento desesperado por no pensar en la fatídica foto que me habían enviado esa tarde. Ella, con su suéter rojo favorito, abrazaba a un tipo en Vega, el café donde celebramos nuestro primer aniversario.
Ese suéter rojo… dijo que lo usaba, únicamente, en momentos que consideraba especiales. Nunca había tenido suerte con el amor. El bucle era claro: conversaciones casuales, profundización, enamoramiento, promesas vacías, reproches silenciosos que daban lugar a discusiones absurdas.
El humo del cigarrillo flotaba en el aire, una cortina difusa que separaba mi presente de un pasado que no quería recordar.
Ensimismado, daba vueltas a mi vaso de whisky cuando sentí la mirada pesada de alguien sobre mí. Ojeé el lugar, buscando la fuente, y me encontré con un anciano que parecía estudiarme detenidamente y, al notar que le devolvía la mirada, se acercó.
Su sobretodo antiguo, de corte elegante pero visiblemente gastado por el tiempo, daba cuenta de innumerables anécdotas. Pero, si algo llamaba la atención, eran sus ojos. En ellos se reflejaba el peso de la experiencia, una melancolía profunda y la marca de incontables historias.
—¿Puedo sentarme? —preguntó.
Intrigado, señalé la silla vacía, y el extraño se dejó caer. Pidió un Fernet con Coca sin hielo y se quedó mirando el vaso, como si esperara algo.
—No soy de hacer migas con cualquiera —advertí, dejando a un lado mi whisky—. Pero parece que necesitás distender.
Esbozó una sonrisa amarga, casi fantasmal.
—Tu intuición te honra. Ajetreado fue mi día, y mal no vendría un alma para compartir este momento.
—Qué forma de expresarte tan particular… Además, tenés un acento curioso. ¿Sos de acá vos?
Se tomó el Fernet de un trago, cerrando los ojos.
—Mi procedencia es singular —articuló despacio—. Soy una nota discordante en la sinfonía del tiempo, condenada a repetir el mismo compás.
—Si no te explicás mejor, no creo que terminemos pronto —sentencié, cruzando los brazos—. ¡Qué maneras complicadas, Dios!
—Soy aquel que, en sus épocas de gloria, osó engañar al dios de la muerte. Mi castigo por tal herejía fue subir una carga inmensa, una y otra vez, solo para verla rodar de regreso, sin poder evitarlo. Lo lógico sería que todo termine allí, pero, si sentado me hallo en este bar, es porque algo ocurrió.
Como bien sabrás, los hombres nacen, crecen, se reproducen, mueren y descansan eternamente en el Hades; pero mi caso es diferente. Magnánimo es el rencor de Tánatos, y cuando mi espectáculo ya no le satisfizo, consideró que condenarme a reencarnar a través de los tiempos sería más entretenido.
Este hombre tomó bastante antes de llegar acá. ¿El Hades? ¿Tánatos? Leyó la Ilíada, la Odisea, y ahora se cree Sísifo, me reí.
—Habito en muchas figuras de las que alguna vez oíste hablar. Recorrí todas las épocas, cargando con el peso de incontables vidas. Fui muchos, siempre ahogado en desolación. Sentí el frío acero en mis dedos mientras intentaba sobrevivir a una guerra que no conoció de indulgencias; vi columnas de humo elevarse de ciudades que ardían sin clemencia; Amé y perdí, infinitamente, a través de historias condenadas a la decadencia.
Una de mis encarnaciones nació en 1692. Estaba decidido a ser el mejor violinista; incluso pensé que todo había terminado, porque iba demasiado bien para ser cierto. Pero, en 1713, se hizo evidente que solo estaba ante otra vida más, cuando cierta entidad maligna me mostró una melodía en sueños que jamás pude replicar. “Trino del Diablo” es el nombre que dieron a mi burda imitación. Esa pieza… es un reflejo de la perfección que jamás alcanzaré.
—¿No hay salida? ¿Ninguna forma de romper el ciclo? —pregunté, mientras un escalofrío recorría mi espalda.
—No la hay. Este es el precio por encadenar a Tánatos. En cada encarnación, puedo aprender algo nuevo sobre mí mismo, sobre mis debilidades y fortalezas. Esa es mi única recompensa.
Se levantó, dejando unas monedas sobre la mesa.
—Debo retirarme —anunció, con la desesperanza oscureciendo su rostro—. Otras vivencias me aguardan; y espero, por Zeus, que sean menos trágicas.
Lo observé alejarse, su figura elegante y triste desvaneciéndose en la penumbra del bar. Y, tras su partida, las luces perdieron fuerza, las voces se volvieron ininteligibles, los característicos acordes del nu jazz ya no se percibían.
Tomé mi teléfono. Dudé por un instante; la imagen de ella abrazada a otro aún quemaba en mis retinas, aunque la voz del extraño resonaba con fuerza, con demasiada fuerza. Sí, la tentación era fuerte, pero… ¿qué ganaría? ¿Otra conversación circular, otra decepción disfrazada de reconciliación? Apagué el móvil, como quien da un portazo.
Me levanté de la silla e, impulsivamente, salí a la calle. El aire fresco me golpeó el rostro, el ambiente sonoro de la ciudad llenó mis canales auditivos, y pude apreciar, de repente, mil matices que ignoraba; tal vez por rutina, tal vez por descuido. Caminé hacia un futuro incierto, sintiendo el asfalto bajo mis pies, y la ciudad respirando a mi alrededor. No sé cuál sea el final del camino, pero, aunque vaya cuesta arriba, debo seguir adelante… como Sísifo lo hizo.