¿Calor o frío?

K. O. Noctis

Empezó como una charla tonta, de esas que surgen sin pensar mientras esperás el colectivo o compartís un mate.

«¿Calor o frío?»

Respondí sin dudar. Pero después me quedé masticando la pregunta, y descubrí que no era tan simple como parecía.

¿Me gusta el frío? Yo mismo me he quejado estando a la intemperie, aunque diga que lo prefiero. Lo mismo con el calor, con la lluvia… son cosas que, si pudiera, evitaría. Pero a veces escucho —y me escucho— decir cosas como: «Banco el frío. No hay nada mejor que estar adentro tomando mates, tapado, viendo una película».

Del otro lado también dicen: «Me gusta el calor, está bueno tomar helado, ir a la playa…». Ahí está el punto, ¿no?

¿Me gusta realmente el frío que muerde la cara cuando salgo? ¿O me gusta lo que ese frío permite, sin sentir que estoy haciendo algo “mal” o siendo un “vago improductivo”?

Pienso en el frío. Ese que te hace tiritar y odiar las mañanas. Y en mi respuesta casi automática: «Pero me gusta el frío… porque así me tapo bien».

¿Ves? La cobija. El café caliente. El nido que construís en el sofá con un libro o una pantalla. El frío es el pretexto perfecto para justificar el anhelo de acurrucarse, de no salir, de bajar las revoluciones.

Sin el frío, ¿cuántos se permitirían pasar una tarde entera bajo una manta sin sentir la punzada de culpa por “no estar haciendo nada productivo”? ¿Sin creer que están fallando a alguna norma invisible de la eficiencia constante?

Con el calor pasa lo mismo —no crean que me olvidé—. Ese que te aplasta, que te deja sin aliento. Y de nuevo, la justificación: «Me gusta el calor… porque así puedo comer helado».

El helado que se derrite al toque. La bebida fría que empaña el vaso. La bendita siesta a la sombra.

El calor, esa incomodidad, se vuelve salvoconducto para el placer simple. La pausa obligatoria que impone.

¿Por qué necesitamos que el termómetro justifique nuestra necesidad de parar, de refrescarnos, de movernos más lento, de adoptar un ritmo menos frenético?

Y la lluvia. Ese telón gris que lo cubre todo. «Qué día más feo», decimos. Y acto seguido: «Pero me gusta estar en casa con este día… para dormir».

La lluvia, que arruina planes al aire libre, se convierte en bendición. El permiso para cancelar, para leer, para ver películas, para no hacer nada que implique salir a “enfrentar” el mundo.

¿No es curioso cómo una molestia externa, algo que en teoría deberíamos evitar, se vuelve la excusa perfecta para el anhelo interno de quietud, de refugio, de un paréntesis en la exigencia del afuera?

Me pregunto por qué necesitamos esos pretextos. ¿Por qué no podemos simplemente decir: «Hoy quiero quedarme en casa porque se me canta», «Voy a comer helado porque sí», «Necesito un día para no hacer nada»?

Creo que tiene que ver con esa presión impuesta, de tener que estar siempre “haciendo”, siempre “siendo productivos”, siempre “bien”. Como si el simple deseo de confort o de pausa no fuera una razón válida en sí misma.

Es como si el mundo —o la imagen que hemos construido de él— viniera con un manual invisible. Un manual que, entre sus reglas implícitas, prohíbe el placer simple sin una justificación “aceptable”.

Te prohíbe la quietud, a menos que algo externo te la imponga. El helado, a menos que haga calor. La cobija, a menos que el frío invada los huesos.

Necesitamos que el frío, el calor, la lluvia, o incluso una pequeña indisposición, sean la excusa para no sentirnos juzgados. Para no creer que estamos fallando a esa imagen que se espera de nosotros: alguien que siempre puede con todo, que no necesita pausas, que no se permite el simple placer sin un motivo “serio”.

Observo esto en mí y en los demás, y me parece una danza curiosa. Una negociación constante entre lo que anhelamos —el confort, la pausa, el disfrute simple— y lo que sentimos que se espera: la resiliencia, la productividad, la inmutabilidad.

Y en esa negociación, lo evitable —el frío, el calor, la lluvia— se convierte en aliado inesperado. En cómplice. El que nos da el permiso que no nos atrevemos a darnos a nosotros mismos.

Así que no, no creo que amemos el frío o el calor por sí mismos. Amamos la excusa que nos dan. Son grietas en la armadura de la exigencia diaria. Resquicios por donde se cuela el anhelo de ser, por un rato, libres de justificar nuestra propia dicha.

Y quizás… sea hora de dejar de necesitar excusas para cuidarnos. De empezar a permitirnos ser humanos sin pedir permiso.